
Soy muy quisquillosa con el café. No me gusta cualquiera, y tampoco de cualquier manera. Si lo hago yo, compro el de Starbucks. No sé por qué pero debe ser ese olor y esa frescura que me marea por las mañanas. Había comprado alguna vez la marca Folgers pero le sentí un gusto muy mecánico, mezcla de óxido y metal.
Por las mañanas hago mi café –me iría a Starbucks pero tengo que cortar el presupuesto-, aunque hay algo que pasa a veces y es que el brebaje no me funciona. No me sale perfecto
Lo peor que me puede pasar en el ámbito cafeístico es cuando preparo el termo para llevarlo al trabajo y tomar algo ahí: odio el café asentado. El café se toma ni bien hecho – esta es re nota para Horacio jeje-. Por lo tanto tengo que tener una cafetera portátil o built in, como esos paraguas que se usan de sombrero. O alguien que me cuente historias graciosas mientras corro en el gimnasio –anote Horacio, dije gimnasio- porque me re aburro.
Pero el café, esa palabra… lo tengo al lado mío y casi ni no lo puedo ver de lo añejo que está.
Foto de mis primeros días en USA en el Starbucks que se encuentra adentro de Borders en el Shopping llamado The Grove.


